Vivimos en un mundo que se parece cada vez más a nuestro teléfono: apenas compramos el último modelo, uno nuevo y mejor ya está en el mercado, haciéndonos sentir que el nuestro es obsoleto. Esta presión por “actualizarnos” no sólo se aplica a la tecnología, sino también a nuestras vidas. La cultura actual nos bombardea con un mensaje claro: debemos ser más felices, más exitosos y (más) únicos, y debemos serlo ahora, porque de lo contrario quedaríamos obsoletos y excluidos.
Pero la vida real no sigue ese ritmo. Nos trae momentos de dolor, pérdida y frustración. Y cuando eso pasa, la cultura actual no nos ofrece herramientas, sino culpa. Si todos “están bien” y tú no lo estás, el problema parece ser Tú.
Aquí es donde surgen y se desarrollan las conductas de evitación o de escape. Cuando el malestar se vuelve insoportable y no tenemos herramientas para gestionarlo, buscamos una salida cada vez más rápida. Estas salidas pueden ser el aislamiento, el consumo de sustancias, las autolesiones o cualquier otra acción que prometa un alivio inmediato.
El problema es que estas soluciones son una trampa. Funcionan como un analgésico que calma el dolor por un momento, pero no curan la herida. De hecho, a menudo la hacen más profunda. Aquí es donde se activa un peligroso círculo vicioso de retroalimentación, y nuestra mente juega un papel crucial.
El malestar constante alimenta lo que la psicología cognitiva llama pensamientos distorsionados sobre nosotros mismos (“no valgo nada”), sobre el mundo (“nadie puede ayudarme”) y sobre el futuro (“esto nunca va a mejorar”). Nuestra mente pierde flexibilidad y desarrolla una visión de túnel: todo se vuelve blanco o negro, sin matices ni soluciones posibles. Esta rigidez cognitiva nos impide resolver problemas, empujándonos de nuevo hacia la conducta de escape, la cual, al empeorar la situación a largo plazo, refuerza aún más los pensamientos negativos. El ciclo se repite, cada vez con mayor intensidad.
Cuando el dolor se percibe como intolerable, inescapable e interminable, la desesperanza se apodera de la persona. En estos casos, el suicidio puede aparecer como la única salida posible. No se trata de un deseo de morir, sino de un intento desesperado por detener un sufrimiento que lo consume todo. Sin embargo, en una sociedad que estigmatiza la vulnerabilidad y nos aísla en nuestra propia burbuja, pedir ayuda se vuelve increíblemente difícil, reforzando la idea de que estamos solos en nuestra lucha.
¿Qué podemos hacer?
Es un buen comienzo reconocer que la vida no es una carrera por estar siempre “feliz” o “estar bien”. También es necesario revisar con honestidad las acciones que tomamos cuando nos sentimos mal. Algunas nos ayudan a sanar y mejorar; otras sólo agravan lo que ya duele.
Cuando lo que hacemos ya no nos da alivio, y los pensamientos que antes parecían útiles ahora sólo aumentan el malestar, es momento de probar algo distinto. Buscar ayuda profesional no es rendirse, es tomar acción para encontrar nuevas herramientas y formas de enfrentar lo que estamos viviendo.
Publicado originalmente en: https://psicomerida.com/blog-articulos-y-mas/