Febrero suele traer consigo expectativas intensas sobre amar y ser amado. Esta forma de amor (de pareja principalmente) se toma como sinónimo de plenitud y felicidad que, sin querer, hemos adoptado de esta narrativa cultural que se amplifica con la llegada del 14 de febrero, Día del amor y la amistad. Para algunas personas es una fecha de celebración, para otras, un recordatorio incómodo de lo que “debería” estar ocurriendo en su vida amorosa.
Desde la Terapia racional emotiva conductual, desarrollada por el psicólogo Albert Ellis, el problema no radica en tener o no pareja, la soltería o llegar a esta fecha tras una reciente ruptura amorosa, sino en las creencias irracionales que endurecen nuestra manera de interpretar y vivir estas experiencias. Son pensamientos formulados como exigencias (“debo…”, “tengo que…”, “no soporto…” o exigencias dirigidas a la otra persona como “debe…”, “tiene que…”, etc.) las que dan pie a una experiencia afectiva que presiona y que se sufre. Por ejemplo:
“Debo tener pareja para ser feliz o ser valiosa” esta idea o exigencia puede empujar a iniciar relaciones de manera precipitada, por necesidad de validación y “amor” más que por compatibilidad. O esta misma idea podría bloquear cualquier intento de acercamiento por miedo al rechazo. Si la aprobación inmediata se convierte en requisito indispensable, el riesgo al rechazo se vuelve insoportable. Así, la exigencia puede llevar tanto a la impulsividad de elegir a alguien, aunque no me convenga como pareja, o de tomar la decisión de evitarle, aunque tenga el deseo de conocerle.
Para quienes ya están en pareja, las exigencias podrían desplazarse hacia el otro(a): “debe hacerme feliz”, “debe saber lo que necesito”, “no debería fallar en fechas importantes”. El problema no es tener expectativas, sino convertirlas en reglas absolutas e incuestionables. Porque con frecuencia estas reglas ni siquiera se dicen, se crean como normas privadas (“si me ama, debería llamarme todos los días”, “debería anticiparse a lo que necesito”, “siempre debe priorizarme”), y que al no cumplirse (porque la otra persona las desconoce), se interpreta como falta de amor. Así, en lugar de diálogo, aparece el castigo al retirar afecto, mostrarse distante o usar el silencio como sanción. Se impone una regla no hablada y luego se castiga su incumplimiento.
El conflicto se agrava cuando se exige al otro cumplir reglas que uno mismo no respeta. Por ejemplo, demandar puntualidad absoluta mientras se justifican los propios retrasos, o exigir transparencia emocional sin practicarla. También ocurre cuando no se acepta que, incluso las reglas explícitas, no siempre pueden cumplirse. Las personas fallan, las circunstancias cambian. Si se sostiene la idea rígida de que “siempre debe ser así”, cualquier desviación se vive como traición.
Estas mismas creencias pueden impedir terminar una relación insatisfactoria. Si alguien piensa “ser soltero es terrible” o “fracasar en pareja me convierte en un fracaso”, es probable que permanezca en vínculos que no funcionan por miedo a confirmar esa narrativa interna. No se continúa por elección, sino por temor. O tras una ruptura, algo similar sucede cuando el dolor natural se convierte en catástrofe al exigirnos “No debió terminar”, “No soportaré estar solo(a)”.
Evitar hablar o revisar estas creencias no las elimina, las hace más grandes e inmanejables. Lo que no se cuestiona se normaliza, y lo que se normaliza dirige nuestras decisiones afectivas. Este 14 de febrero puede ser menos una evaluación sobre si tienes o no pareja y más una oportunidad para examinar qué reglas internas están guiando tu manera de amar y vincularte efectivamente.